Aquella
mañana desperté más tarde de lo habitual. Me dolían terriblemente los
ojos y la cabeza me daba vueltas. No estaba acostumbrada a beber en
exceso, cosa que la pasada noche había hecho.
Apenas
recordaba nada de lo ocurrido, lo que no era de extrañar teniendo en
cuenta las copas de más que había tomado. Creía recordar que había
vomitado unas tres veces, aunque no estaba completamente segura de ello.
Resacosa, me deshice del pesado edredón que cubría parte de mi cuerpo mientras me libraba, costosamente, de los ceñidos vaqueros que todavía vestía para segundos después deshacerme de la prieta (Leer más)
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