Aquella
mañana desperté más tarde de lo habitual. Me dolían terriblemente los
ojos y la cabeza me daba vueltas. No estaba acostumbrada a beber en
exceso, cosa que la pasada noche había hecho.
Apenas
recordaba nada de lo ocurrido, lo que no era de extrañar teniendo en
cuenta las copas de más que había tomado. Creía recordar que había
vomitado unas tres veces, aunque no estaba completamente segura de ello.
Resacosa,
me deshice del pesado edredón que cubría parte de mi cuerpo mientras me
libraba, costosamente, de los ceñidos vaqueros que todavía vestía para
segundos después deshacerme de la prieta camisa manchada de vomito que
tanto me comprimía. Tenía muchísimo calor.
Jamás
había cogido tal borrachera, por lo que no podía garantizar que el
exceso de temperatura que mi cuerpo estaba experimentando se debiese
por completo a la bebida, aunque estaba casi segura de ello.
Intenté
ponerme en pie tras algunos instantes de vacilación. No estaba segura
de poder caminar más de un metro sin acabar desplomada en el suelo.
Haciendo
uso de toda mi fuerza de voluntad, apoyé mi temblorosa mano sobre la
mesita de noche ubicada junto a la cama y respiré profundamente
segundos antes de ponerme en pie. Al principio me temblaron levemente
las piernas, por lo que permanecí en aquella inestable pose durante
algunos pocos minutos antes de atreverme a dar el primer paso.
Caminé
despaciosamente esquivando cada uno de los objetos que abarrotaban el
piso, en su gran mayoría libros, papeles y restos de comida.
Un
fuerte aroma a pizza caduca se introdujo por mis despejadas fosas
nasales. De repente sentí unas repulsivas ganas de vomitar, por lo que
me abalancé en una rápida carrera hacia el pequeño cuarto de baño
dispuesto junto a la habitación.
Tras
expulsar la comida que permanecía mezclada en mi estomago junto con el
vodka y el whisky que pocas horas antes había tomado y ensuciar parte
del inodoro y del piso, me sentí livianamente mejor. Al menos ahora ya
no me quedaba nada más que poder echar.
Permanecí
algunos instantes arrodillada en el suelo, aferrando mi adolorida
barriga con mis convulsas manos hasta que, finalmente, acabé tumbada
sobre el frío piso.
-Así está mejor…-rumié con voz ronca a la vez que cerraba los ojos intentando así apaciguar el ardor que sentía.
Respiré
costosamente en seguidas ocasiones temiendo no poder hacerlo más
adelante. El corazón palpitaba con fuerza bajo mi seno izquierdo. Jamás
lo había sentido con tanta vivacidad. Era como si luchase por seguir
bombeando la cálida sangre que recorría mi fogoso organismo.
Fue en aquel momento cuando me juré que nunca más volvería a beber para intentar olvidar mis problemas.
Me
mantuve en completo silencio tendida sobre el helado piso. Era
agradable sentir cómo se refrescaban mis acaloradas mejillas, cómo se
enfriaba mi tórrido cuerpo, cómo se entibiaba mi punzante frente. Por
primera vez desde que me había despertado empezaba a creer que aquella
tortura podía llegar a tener un final.
Estaba
empezando a adormecerme cuando los insistentes pitidos surgidos del
teléfono me sacaron de mi fugaz ensimismamiento. No tenía intención
alguna de cogerlo. De hecho, de haberlo deseado, tampoco hubiese podido
hacerlo.
Esperé
con impaciencia a que saltase el contestador para que aquellos
dolorosos martillazos que mi cabeza estaba experimentando se
desvaneciesen junto con los molestos y agudos pitidos.
-Bianca, sé que estás ahí-aseguró una conocida voz proveniente del contestador automático-Coge el teléfono por favor.
Gruñí
por lo bajo todavía con los ojos cerrados. No tenía intención alguna de
mover ni un solo músculo de mi agarrotado cuerpo. La verdad es que me
hallaba de maravilla tumbada sobre el gélido piso. Se trataba de una
sensación muy reconfortante.
-Bueno, como quieras-se resignó tras proferir un sonoro bufido-Sé que no estás pasando por tu mejor momento…
-Y que lo digas-mustié por lo bajo.
-¿De
verdad crees que ésta es la mejor solución? Llevas días sin aparecer
por la universidad y Marvin ha amenazado con despedirte si no apareces
mañana-informó con cierto tono de reproche en su voz-No puedes perder
el trabajo-recordó para, seguidamente, permanecer durante largos
segundos en silencio absoluto-Parker y yo te echamos de menos. Esperamos que mañana aparezcas, te estaremos esperando. Un beso.
Suspiré
agotada. Sabía que no podía permitirme el lujo de perder mi empleo,
verdaderamente ni siquiera podía consentirme faltar a una sola clase.
Debería acudir sin falta tanto al trabajo cómo a cada una de las
asignaturas de las que debía examinarme en tan sólo un mes.
Extenuada,
escondí el rostro entre mis cálidas rodillas. Permanecí en aquella
misma postura hasta que, pasados algunos segundos, minutos o quizá
horas, poco importa, logré quedarme profundamente dormida.
Muerta
de frío, palpé el aire en busca del edredón. Me encontraba tan
desconcertada que hasta pasados algunos segundos no reparé en el hecho
de que me hallaba tendida sobre el frío suelo de mi cuarto de baño. Me
dolían terriblemente las costillas y los muslos.
Todavía
amodorrada, me senté sobre el gélido pavimento mientras me frotaba
frenéticamente la frente. La buena noticia era que ya no me dolían ni
la barriga ni la cabeza, la mala que mi convulso cuerpo se encontraba
dolorosamente agarrotado y que estaba congelada.
Analicé
cuidadosamente la sucia sala para, pocos minutos después, examinarme a
mí. Jamás me había asqueado tanto cómo en aquel entonces.
Mi
largo pelo castaño se hallaba repleto de pequeños pedazos de comida que
estaba segura de haber despedido por mi boca horas antes, al igual que
el resto de mi semidesnudo cuerpo.
Avisté
con languidez tras la fina capa de vomito que recubría gran parte de mi
mugriento cuerpo pequeñas manchas amoratadas que adornaban fragmentos
de mi blanquecina piel. Suspiré con amargura pasando la yema de mi dedo
índice por cada uno de los moratones dispuestos en mi muslo izquierdo.
El
simple hecho de rememorar los sucesos acaecidos la pasada tarde me
atemorizaba. Me mortificaba pensar que no era digna de mirarme en el
espejo, que no era merecedora del respeto de nadie, que era débil y
sumisa, que no era más que una cobarde.
Al
fin y al cabo eso era lo que era, una simple cobarde incapaz de hacerle
frente a un hombre cuyo único fin en la vida era destrozar mi
existencia.
Me
mordí con fuerza el labio al recordar cada una de las horribles
experiencias de las cuales había sido protagonista. Sabía que debía
ponerle fin a aquello, pero me era verdaderamente imposible.
De mi sumisión dependía el bienestar y la felicidad de mi inocente, impetuosa y risueña madre. Era consciente de ello.
Exhausta, me alcé cautelosamente del suelo con la única idea en mente de darme una larga y reconfortante ducha.
Tras
lavar con esmero cada rincón de mi pestilente cuerpo, salí de la menuda
y envejecida bañera para, acto seguido, cubrir mi empapado cuerpo con
una de las toallas que permanecían colgadas del porta toallas dispuesto
junto al lavamanos.
Me situé ante el empañado espejo hallado sobre el lavabo y recorrí mi trémula mano por el opaco cristal.
Abatida, contemplé el descompuesto rostro que mi reflejo mostraba. Apenas era capaz de reconocerme a mí misma.
Aquella
muchacha de mirada perdida, ojeras moradas, tez pálida y rostro serio
que me devolvía la mirada no era yo. Jamás me había contemplado de
aquella manera tan fantasmal.
Mis
desnudos brazos presentaban visibles cardenales causados mediante
chupetones y algún que otro azote, mientras que en mis muslos reposaban
ennegrecidos hematomas formados mediante golpes.
De
nuevo, el sonoro pitido proveniente del teléfono logró sacarme del
trance en el que me hallaba sumergida. Como la vez anterior, no hice el
más mínimo caso a aquella molesta llamada. No me importaba quién fuese,
tan sólo deseaba tumbarme sobre mi mullida cama y dormir hasta el día
siguiente. Deseaba olvidar al resto del mundo aunque sólo fuese por
unas pocas horas.
-Cariño,
¿Cómo estás?-preguntó una familiar voz femenina proveniente del
contestador automático-Espero que bien. He pensado que como hace tiempo
que no nos vemos, podrías venir esta noche a cenar. Voy a hacer tu
plato preferido…Espero que sea comestible-añadió en voz baja.
Sonreí
tenuemente al escuchar tal comentario. Mi madre jamás había sido una
buena cocinera, aunque no le faltaban ganas. Todavía recordaba el
chamuscado pavo asado que había preparado la navidad pasada, el salmón
que había incendiado en fin de año y la rancia mayonesa que había
elaborado la última vez que había acudido a comer a su casa.
-John y yo tenemos muchísimas ganas de verte.
-No lo dudo-rumié con irritación al escuchar el nombre de aquel odioso individuo.
-Te quiero-dijo finalmente antes de que su voz se desvaneciese para dar paso de nuevo al penetrante silencio.
Inspiré
profundamente al ser consciente de que debería volver a ver una vez más
a aquel detestable sujeto del que mi madre estaba locamente enamorada,
y no le culpaba por ello.
John Lemacks
era un apuesto hombre de negocios muy codiciado entre las mujeres.
Conoció a mi madre cuando ésta se presentó en su oficina buscando
trabajo y, según ella, el amor entre ellos surgió al instante. Pocos
meses después, en un impulsivo acto romántico, se casaron.
Lo
más fascinante del asunto era que mientras que mi madre ya contaba con
los cuarenta y dos años, él hacía apenas dos meses había cumplido los
veintinueve.
En
un principio creí que él la amaba de verdad, aunque poco después de la
inesperada boda descubrí que la causa por la que se había casado con mi
madre había sido para poder tenerme a su merced siempre que lo desease.
Y lo había conseguido.
Todavía
recordaba la primera vez que había mostrado algún tipo de interés por
mí. Fue como si la boda hubiese despertado a la bestia que yacía
dormida en su interior.
Durante
su corto noviazgo con mi madre ni siquiera había avistado en él algún
diminuto resquicio de pasión por mí. De hecho, desde el primer momento
en el que le conocí creí caerle indiferente.
Fue el mismo día del enlace cuando se mostró tal y como era. Aquella noche resucitó.
Y
desde entonces aparecía en mi casa sin mostrar ningún tipo de
explicación siempre que le venía en gana, lo que era muy habitual.
Estaba
indefensa y aterrada. Sabía que negarme a cumplir sus exigencias
implicaba un mal trato de él hacia mi madre. Vivía acobardada pensando
en todo momento lo que podría llegar a hacerle si yo me resistiese más
de lo acostumbrado a sus caprichos.
Contemplé
la hora en el despertador digital que descansaba sobre la mesita de
noche dispuesta en mi cuarto. Me asombré al observar que ya eran las
seis y cuarto de la tarde. Había dormido más de lo esperado.
Sin
demasiado ahínco, cogí lo primero que encontré en el interior de mi
desordenado armario, aunque volví a arrojarlo inmediatamente tras
observar que se trataba de uno de los múltiples vestidos que John había
osado regalarme.
Finalmente,
me vestí con unos jeans apretados y una camisa blanca de manga larga
pues, aunque inusualmente aquella mañana de principios de Mayo era
calurosa, no podía siquiera idear la opción de ir con los brazos
descubiertos.
¿Cómo podría explicarle a mi madre la formación de cada uno de los amoratados cardenales que decoraban mi pálida piel?
Bueno, quizá un tropiezo por las escaleras, una mala caída o una tarde jugando al Paintball podría
explicar el origen de éstos, aunque no tenía intención alguna de
mentirle. Lo mejor sería ocultarlos como había hecho siempre.
Llegué a las siete y treinta y tres minutos de la tarde a Ebrury Street. Allí,
en Belgravia, uno de los mejores distritos de Londres, era donde John
había insistido en comprar el soberbio adosado de dos plantas que a mí
tan poco me agradaba.
La
abundancia de lujo me abrumaba, me asfixiaba. No soportaba estar
rodeada de caros artilugios inservibles, de costosos cuadros. Me
parecía inútil gastar tal cantidad de libras en aquella sobrecargada
decoración.
Suspiré
con nerviosismo cuando me situé frente a la elegante puerta barnizada
que daba acceso a aquella lujosa vivienda que mi madre compartía con el
monstruo que tan pocas ganas tenía de ver.
Llamé
en un par de ocasiones al sonoro timbre situado junto a la puerta,
justo bajo la menuda baldosa azul marino en la que permanecía inscrito
el numero 21.
Apenas
pasaron unos pocos minutos antes de que una hermosa mujer de cabello
rubio teñido y ojos avellana me abriese la puerta. Ésta esbozó una gran
sonrisa en su terso rostro carente de arrugas cuando sus retinas se
fijaron en mi inescrutable faz.
-¡Cielo!-gritó
alegremente aprisionándome entre sus delgados brazos-Estas
guapísima-dijo cuando se apartó de mí para poder analizarme-Pareces
cansada.
-Lo estoy-aseguré a la vez que esbozaba una tenue sonrisa-Ya sabes. El trabajo, la universidad…-intenté argumentar.
-Deberías dejar ya ese desagradable trabajo.
-Mamá…-me quejé a la vez que volteaba los ojos con incredulidad.
-Sabes que John y yo podemos darte todo lo que necesites-aseguró con preocupación inspeccionando mi pálido rostro.
-Lo sé, pero no lo necesito-declaré queriendo dejar el tema por zanjado.
-Siempre
queriendo ser tan independiente-comentó John apareciendo tras mi
embelesada madre, la cual le miró de reojo y sonrió como una verdadera
tonta.
Me
mordí el labio inferior con fuerza al contemplar el brillo de deseo que
los ojos del susodicho mostraban al analizarme. Le aborrecía con toda
mi alma.
-¿Has sido capaz de hacer tú sola el Roast Beef?-pregunté intentando desviar el tema de conversación.
-Bueno…-rumió avergonzada sin atreverse a mirarme a los ojos-La verdad es que no me he atrevido a destrozar tal delicatessen.
Sonreí a la vez que negaba con la cabeza.
-Sabía que no serías capaz-murmuré burlescamente.
-Ya sabes que soy negada para esto-intentó justificarse.
-No
importa-aseguré-Ya lo haré yo…Para variar-añadí en voz baja sin borrar
en momento alguno la sutil sonrisa que permanecía fija en mi tez.
-Muchas gracias-agradeció besándome cariñosamente la mejilla.
-Yo los hubiese hecho, pero la cabezota de tu madre no me ha dejado acercarme a la cocina-manifestó John.
-Sabes
que eres tan pésimo como yo cocinando-dijo mi madre contemplando a su
marido con una radiante sonrisa pintada en su rostro.
John
correspondió la amorosa mueca de su mujer con una creíble sonrisa. Si
no hubiese sido porque le conocía a la perfección, hubiese creído
posible que la radiante mueca que había efectuado irradiaba verdadero
amor por aquella pobre ingenua que le contemplaba totalmente cautivada.
Sabía que el amor era ciego, pero no tanto.
Era
cierto que John era arrebatadoramente atractivo. Su brillante pelo
negro permanecía siempre seductoramente deshecho y sus cautivadores
ojos azules poseían el poder de embelesar a las más ingenuas de las
mujeres que se cruzaban por su camino. No era de extrañar que mi
incauta madre hubiese caído tan fácilmente en sus redes.
Pero,
aun así, no comprendía como era posible que alguien que permanecía con
el mismo hombre casi todo el día no fuese capaz de percibir el cambio
que sus ojos, su rostro, o simplemente su pose, efectuaban cada vez que
yo aparecía ante él.
-¿Seguro que no te importa?-inquirió John examinándome detenidamente.
-En absoluto-respondí con rudeza-Hago lo que sea por mi madre-añadí con un doble sentido que mi madre no llegó a captar.
-Estoy seguro de ello-susurró fijando sus brillantes retinas en mis ojos marrones.
-Por eso te quiero tanto-dijo mi madre segundos antes de volver a besar mi serio rostro.
-Bueno, ¿Pasamos a la cocina?-propuso John ganándose una sonrisa por parte de mi madre y una mirada de odio por mi parte.
Tanto
mi madre cómo John tomaron asiento en las sillas dispuestas junto a la
redonda mesa central que se hallaba en la cocina mientras yo empezaba a
calentar la sartén con parrilla en la vitrocerámica.
-¿Qué tal te van las clases?-quiso saber mi madre.
-Bien-respondí secamente sin querer hablar del asunto.
-¿Y qué tal están Danielle y Parker?-inquirió nuevamente logrando incomodarme.
No
me apetecía hablar sobre mi vida delante de John. Me molestaba que
estuviese tan atento a mis contestaciones, como si temiese que en algún
momento pudiese dejar escapar algún comentario inapropiado.
-Estupendamente-dije volteándome para quedar de espaldas a ella.
Era más fácil mentir si no tenía que observar su rostro ni el de su acompañante.
-¿Y
los chicos?-inquirió fisgonamente en el instante en el que colocaba
sobre la parrilla tres gruesos trozos de carne-¿Ya hay alguno que te
hace tilín?
-Sabes que no me interesan-respondí monótonamente.
-Es imposible que a los veintiún años no te interesen los hombres-alegó con suspicacia-Vamos, dime quién es.
-Ya
te he dicho que no me interesan-contesté reiteradamente con cierto tono
de enfado en mi voz que no pasó desapercibido por mi madre.
-¿Qué ocurre?-preguntó con preocupación-¿No le gustas?
Bufé
con cansancio sin atreverme a mirar a John. Sabía que debía estar
contemplándome con una radiante sonrisa pintada en su seductor rostro.
Le encantaba saber que era el único que me había tocado. Era realmente
asqueroso.
-Sí que le gusto-respondí dándole la vuelta a la carne.
-¿Y cual es el problema?
-Que
no me interesa-respondí con rapidez fijando por unos breves instantes
mi vista en John, el cual borró rápidamente la engrandecida sonrisa que
hasta entonces había permanecido fija en su faz-Tiene novia-comenté
examinando el serio rostro del hombre que se atinaba ante mí.
-¿Y eso que importa?-preguntó mi madre como si aquel no fuese un claro inconveniente.
-Si, ¿Qué importa?-repitió John contemplándome escrupulosamente.
-Ya
está hecha-comenté desviando el tema por completo en el preciso
instante en el que colocaba los tres trozos de carne sobre el plato que
había agarrado del interior de uno de los estantes.
-Huele de maravilla-dijo John siguiéndome la corriente.
Nos
contemplamos durante unos breves segundos en silencio. Sabía que le
habían molestado mis palabras, pero poco me importaba. Al fin y al cabo
iba a recibir el mismo castigo tanto si hablaba como si no.
-Voy un segundo al baño-informó mi madre instantes antes de ponerse en pie y marcharse de la cocina ante mi implorante mirada.
Permanecimos en silencio hasta que se escuchó el cerrojo de la puerta del cuarto de baño.
-Al fin solos…-murmuró poniéndose en pie ante mi amenazadora mirada-Me encanta cuando me miras así.
-Está mi madre-dije contemplando de reojo la entreabierta puerta.
-Tardará varios minutos-aseguró acercándose lentamente a mí como el cazador se aproxima a su presa.
-Aléjate-rogué en un débil susurro-Como des un paso más gritaré-amenacé.
-Dudo que lo hagas. Sabes lo que ocurrirá si haces la mínima intención de llamarla-dijo avanzando todavía hacia mí.
Respiré
con dificultad esperando que se situase frente a mí, cosa que no tardó
en hacer. Mi corazón palpitaba con violencia por el miedo sentido. Era
frustrante contemplar como, a pesar de la infinitud de veces que había
pasado por aquella misma situación, era incapaz de acostumbrarme a
ella.
Lentamente,
John alargó su brazo hasta posar sobre mi blanquecino rostro las
cálidas yemas de su mano derecha. Temblé al sentir aquella sutil
caricia a la vez que volteaba ligeramente el rostro para evitar
contemplarle. Siempre lo hacía. No creía ser capaz de observarle
durante más de medio minuto sin llorar.
En
aquella ocasión no permitió que desviase la mirada. Aferró con fuerza
mi barbilla y me obligó a contemplarle. Jamás había sentido tantísimo
miedo como entonces. Mirarle a la cara mientras me obligaba a
permanecer sumisa entre sus brazos era humillante. Me sentía intimidada
y degradada ante él.
-Así que no te intereso-masculló con rabia sin dejar de contemplar mis acuosos ojos.
-Siempre lo has sabido-dije haciendo uso de la poca valentía que para entonces todavía conservaba.
Apretó con fuerza mi mentón al escuchar el osado comentario que le había dedicado.
-Deberías
aprender a ser más sumisa-susurró junto a mi oído izquierdo instantes
antes de empujarme violentamente contra la nevera dispuesta a mi
espalda, aunque no se apartó ni un simple milímetro de mi adolorido
cuerpo.
Gemí apagadamente de dolor, cosa que pareció agradar al depravado hombre situado ante mí.
-¿Y qué tipo de hombres te interesan?-preguntó rozando al hablar sus labios contra los míos.
-Cualquiera que no esté loco-farfullé entre dientes fijando mi vista en sus enardecidos ojos.
-¿Loco?-inquirió, para mi asombro, sonriente.
Sus fuertes manos aprisionaron cada uno de mis brazos provocando que un nuevo gemido expirase por mi entreabierta boca.
-Tienes razón. Estoy loco, loco de amor por ti-susurró seductoramente junto a mi oído.
Le
miré con odio infinito instantes antes de cerrar los ojos para impedir
que las lagrimas que se aglutinaban en ellos pudiesen escapar. Aunque,
incluso así, dos gruesas lagrimas lograron atravesar mis cerrados
párpados.
Sentí el rugoso tacto de su lengua rozar mi cálida mejilla. Respiré con ansiedad instantes antes de volver a hablar.
-Si realmente me amases no me harías esto-manifesté en un endeble balbuceo.
-Te
equivocas-me contradijo a la vez que limpiaba con el pulgar de su mano
izquierda la escurridiza lágrima dispuesta en mis prietos labios-Todo
lo que hago, todo lo que he hecho, todo lo que haré, es, ha sido, y
será por ti-aseguró acariciando con el dedo índice mi palpitante
cuello-No sabes lo doloroso que es amar a alguien que no te
corresponde.
-Debo irme-murmuré intentando zafarme de sus aferradoras manos.
-¿No te quedas a cenar?-pregunto en un sutil susurro a la vez que liberaba uno de mis adoloridos brazos.
-Se me ha quitado el apetito-mascullé con voz quebrada intentando alejarme de él una vez más, cosa que no logré.
-Tú no te vas a ninguna parte-aseguró en el preciso instante en el que empezaba a desabotonar los primeros botones de mi camisa.
-Déjame, por favor-rogué intentando escapar.
Me
acalló apresando mis gruesos labios entre los suyos a la vez que seguía
con la costosa labor de desabrochar cada uno de los botones de la
prieta camisa que vestía.
-No sabes cuanto te deseo-reveló al separarse levemente de mis rojizos labios.
No
fui capaz de reprimir el llanto, por lo que tuve que morderme el labio
para evitar proferir los sonoros sollozos que luchaban por escapar de
mi boca.
En aquel instante se escuchó de nuevo el cerrojo proveniente del cuarto de baño en el que se hallaba mi madre.
John
se alejó lentamente de mí sin dejar de contemplarme con una fogosidad
claramente indecorosa. No creía haberle odiado jamás tanto como en
aquella ocasión.
Todavía
vistosamente agitada, me limpié con la manga de la camisa las
escurridizas lágrimas que recorrían mi alterado rostro y me abroché los
pocos botones que mi acompañante había logrado desabotonar.
-Ya estoy de vuelta-informó al penetrar en la estancia.
Aparté la mirada de ella sabiendo que sería incapaz de guardar la compostura y fingir que nada había pasado.
-Debo irme-mascullé con voz ruda en el preciso instante en el que mi madre se asentaba en una de las sillas dispuestas ante mí.
-¿Ya?-inquirió
con incredulidad-Pero si hacía semanas que no nos veíamos-se quejó
cuando me acerqué para darle un rápido beso en la mejilla.
-Tengo cosas que hacer-expliqué escasamente segundos antes de alejarme de la penetrante mirada de John.
Salí
tan rápido como me fue posible de allí y me adentré en la oscuridad de
la noche recorriendo a paso rápido las solitarias calles de Londres.
Todavía
temblaba de miedo y mis retinas permanecían molestamente borrosas a
causa de la gruesa capa de lágrimas dispuesta sobre ellas.
Respiré
ansiosamente en el instante en el que me asenté sobre el metálico banco
situado en la parada del bus. Hubiese podido ir caminando hasta casa,
pero no me apetecía recorrer las despobladas calles a esa hora de la
noche.
Intenté
calmarme, aunque a penas lo logré. Me sentía tan sumamente frustrada
que no era capaz de pensar coherentemente, de dejar apartados aquellos
fuertes sentimientos que luchaban por lograr aflorar de mi interior.
Pasé
frenéticamente en una docena de ocasiones mi convulsa mano por mi
enredado cabello castaño a la vez que me mordía fuertemente el labio
inferior creyendo así poder aminorar el odio que para entonces sentía.
-Ya pasó, ya pasó, ya pasó- repetí reiteradamente con el fin de reconfortarme a mí misma.
Aspiré profundamente el aire que me rodeaba y cerré los ojos para intentar tranquilizarme.
Fue en aquel instante de inestable serenidad cuando escuché unos sonoros maullidos provenientes de la acera de enfrente.
Abrí
pesadamente los párpados avistando tras ellos la delgada figura de un
precioso minino negro que me devolvió la mirada. Fruncí el ceño al
observar la extraña manera en la que me analizaba con sus brillantes
ojos verde esmeralda.
Se
asentó en el frío pavimento sin dejar de escrutarme en momento alguno.
Inmediatamente, me sentí extrañamente cautivada por él.
La llegada del autobús puso fin a aquella conexión visual que durante largos segundos habíamos mantenido.
Bastante confusa, me puse en pie y penetré en el vehículo que esperaba impacientemente mi ingreso.
-Estoy cansada-me dije intentando justificar la extraña sensación que había presenciado al contemplar el hermoso animal.
Suspiré
a la vez que me asentaba en uno de los múltiples asientos libres
dispuestos en el bus. Sin saber exactamente la causa, dirigí la vista
hacia el exterior esperando hallar sobre el duro asfalto a aquel
elegante felino que, para mi sorpresa, seguía observándome con fijeza.
Me obligué a apartar la mirada de la roñosa ventana mientras negaba con la cabeza.
Sabía
que no eran más que paranoias sin sentido pero, al contemplarle, me
había parecido hallar en sus brillantes ojos reconocimiento. Era como
si de repente el felino hubiese encontrado lo que buscaba.
Esbocé
una tenue sonrisa al apreciar mi momentánea locura. Esperaba que el
sueño fuese capaz de hacer desaparecer aquellas absurdas ideas de mi
turbada cabeza.
Tras un corto viaje, bajé del envejecido autobús en la parada Oxford Circus, cerca del pequeño adosado en el que residía desde hacía poco más de un año.
Mi
madre había insistido en que el antiguo barrio en el que vivía no era
seguro para una joven como yo con lo cual, tan solo para evitar seguir
escuchando sus insistentes sermones, accedí a mudarme.
Caminé lentamente por la iluminada calle Regent hasta
situarme en la entrada de la calle Maddox. Allí, justo en el cruce de
ambas calles, atiné al hermoso gato que poco antes había visto en la
parada Hyde Park Corner.
Permanecía sentado en medio de la calle, como si estuviese esperándome.
Era totalmente imposible que hubiese podido recorrer casi
-No tiene porque ser el mismo gato-intenté autoconvencerme sin persuadirme lo más mínimo.
Recordaba a la perfección aquellos resplandecientes ojos que ahora volvían a estudiarme.
Examiné
instintivamente mi alrededor esperando encontrar algún transeúnte pero,
para mi gran horror, la calle estaba completamente desierta a pesar de
tratarse de una de las zonas más transitadas de Londres.
Pestañeé
en reiteradas ocasiones esperando que se tratase de una simple
alucinación causada por el cansancio. Aunque, a pesar de mis constantes
parpadeos, el minino no desapareció.
Despaciosamente
ante mi atenta mirada, el gato emprendió una vacilante caminata hacia
mí. Permanecí paralizada en todo momento sin saber qué hacer.
Tan
solo se trataba de un felino pero, por alguna ilógica razón que no era
capaz de argumentar, sentí una pizca de miedo cuando se situó a tan
solo dos metros de mi estático cuerpo.
Sus ojos brillaron insólitamente ante mi curiosa mirada. De repente, todo temor se desvaneció en la nada.
Me sentí relajada ante él, extrañamente protegida.
-Esto es una locura-murmuré desviando por un breve lapso de tiempo mis retinas del enigmático animal.
Me
mordí el labio con nerviosismo sin saber como actuar. Y, por extraño
que pareciese, el gato pareció mostrar el mismo desconcierto que yo
ante tal absurda situación.
Haciendo
uso de la poca racionalidad de la que para entonces disponía, volteé en
un acelerado movimiento y emprendí una rápida carrera transitando el
mismo trayecto que poco antes había recorrido.
Ni
siquiera llegué a atravesar la calle cuando me vi obligada a detenerme.
Contemplé ante mí, ahora nuevamente con temor, al conocido minino, el
cual me analizó cautelosamente.
-Déjame
en paz-ordené atemorizada volviendo girar sobre mis talones para,
seguidamente, emprender una nueva carrera en dirección a mi vivienda.
Corrí tanto como me fue posible por la húmeda calle aunque una vez más, ante mi gran asombro, el felino me alcanzó.
Desesperada
y aterrada, aspiré aceleradamente el cargado aire que me rodeaba
hinchando y desinflando mis pulmones en reiteradas ocasiones antes de
volver a voltearme.
En
aquella ocasión ni siquiera tuve tiempo de avanzar ni un solo paso
cuando se presentó ante mi agitado rostro la figura de un joven
muchacho.
Sus
grandes ojos verdes me contemplaron durante unos pocos segundos con
manifiesta curiosidad antes de que perdiese el poco equilibrio que
poseía y me abalanzase hacia el duro suelo.
Respiré
convulsamente al apreciar sobre mi cintura la presión que ejercía el
fuerte brazo de mi acompañante, el cual había impedido que acabase
estampada contra el piso.
Su
extravagante rostro, más bello que cualquier otro que hubiese podido
contemplar con anterioridad, se hallaba excesivamente próximo al mío;
mientras que la parte superior de mi estático cuerpo permanecía
levitando a pocos centímetros del pavimento gracias a la rápida
intervención del desconocido sujeto.
-¿Estás bien?-inquirió en un tono preocupado que me sorprendió.
Inhalé aire instantes antes de alejarme cual histérica de él.
Ni
siquiera me detuve a pensar que en el estado de shock en el que me
encontraba no era una buena idea abandonar el único apoyo que poseía,
con lo cual acabé cayendo ridículamente sobre el firme suelo.
Gemí de dolor cuando mis posaderas chocaron contra el duro asfalto, cosa que pareció divertir al muchacho.
-¿Sueles caerte?-preguntó esbozando una hipnotizante sonrisa en su atractivo rostro.
Fui
incapaz de responder a la pregunta, pues mi total atención estaba
dispuesta en su delicada, pero a la vez salvaje e increíblemente
fascinante faz.
Se acuclilló ante mí sin dejar de analizarme con aquella pizca de indagación que sus hechiceros ojos mostraban.
Todavía
algo alterada, examiné mi alrededor esperando hallar al menudo felino
que tanto me había intimidado aunque, para mi gran sorpresa, no
encontré rastro alguno del animal.
Avergonzada por mi paranoico comportamiento, bufé a la vez que me acariciaba mi palpitante sien.
-¿Te encuentras bien?-preguntó una vez más el joven dispuesto ante mí.
Asentí
sin demasiado brío instantes antes de agarrar la mano que él me
brindaba como apoyo para lograr alzarme del humedecido piso.
Asombrada
por la suavidad de sus blanquecinas manos, deposité mi maravillada
mirada en sus centelleantes retinas, las cuales me examinaban con
precisión al igual que lo habían hecho poco antes las del enigmático
felino que me había seguido.
Fue en aquel instante cuando, finalmente, perdí toda cordura.
Me alejé lentamente del inquietante sujeto sin perder ni por una milésima de segundo la panorámica de su rígido cuerpo.
-No te acerques a mí-farfullé con temor instantes antes de emprender reiteradamente una rápida carrera hacia mi casa.
Como
veces anteriores, a penas pude recorrer unos pocos metros antes de ser
obstaculizada por el desconocido joven, el cual me miró con imploración.
-No te vayas-rogó logrando perturbarme más si era posible.
Su
melodiosa voz penetró en mis destapados tímpanos. Jamás había escuchado
tal asombroso sonido salir de los labios de un hombre.
Parpadeé una docena de veces antes de ser capaz de asimilar sus efímeras palabras.
-Por
favor no me hagas daño-pedí bastante asustada volviendo a alejarme
lentamente de él, el cual avanzó los pequeños tramos que yo retrocedía.
Examinó cautelosamente la desierta calle antes de volver a posar sus refulgentes ojos en mi atemorizado rostro.
Entreabrí
los labios con la intención de proferir cualquier sonido, el que fuese,
aunque me fue totalmente imposible hacerlo. Permanecía muda ante aquel
misterioso individuo.
En un abrir y cerrar de ojos se situó ante mí, a simples centímetros de mi paralizado rostro.
Inhalé
nerviosamente el cargado aire que me rodeaba sin ser capaz de mover ni
un simple músculo de mi engarrotado cuerpo instantes antes de que su
extremadamente suave mano se aposentase sobre mi pálido rostro.
-Eres tú-susurró incomprensiblemente elaborando una despampanante sonrisa en su bello rostro.
Aquel
simple gesto logró cautivarme de tal manera que todo temor sentido
volvió a desvanecerse en el aire. No sabía como lograba hacerlo, pero
era capaz de infundirme tanto miedo como tranquilidad.
-¿Quién eres?
Agrandó su hermosa sonrisa a la vez que acariciaba mi enredado pelo, pero no respondió a mi pregunta.
-No me sueltes-pidió en el instante en el que sus sedosos dedos aferraban delicadamente mi mano.
De
repente, sentí como si fuese despedida violentamente por una fuerza
incorpórea cuyo único fin era separarme de mi acompañante, del cual me
mantenía fuertemente agarrada.
Todo se volvió borroso ante mis turbados ojos.
La tenebrosa calle desapareció de mi vista con una rapidez asombrosa siendo sustituida por una masa nebulosa, la cual poco a poco fue cobrando forma material.
¿QUIERES SEGUIR LEYENDO?--> http://elrefugiodelosmalditos.blogspot.com/2009/04/capitulo-2-predestinacion_4439.html

Hola! Me gustó mucho! Seguí leyéndote en el blogger y me encantaron los capítulos. Felicitaciones!
Me gusta este primer capítulo, y seguiría leyendo... pero no sé por qué no funciona el enlace... lo intentaré por otro lado!! De todas formas... felicidades... a mi, ya me tiene intrigada!!