CAPÍTULO 1: TODO POR AMOR

Aquella mañana desperté más tarde de lo habitual. Me dolían terriblemente los ojos y la cabeza me daba vueltas. No estaba acostumbrada a beber en exceso, cosa que la pasada noche había hecho.

Apenas recordaba nada de lo ocurrido, lo que no era de extrañar teniendo en cuenta las copas de más que había tomado. Creía recordar que había vomitado unas tres veces, aunque no estaba completamente segura de ello.

Resacosa, me deshice del pesado edredón que cubría parte de mi cuerpo mientras me libraba, costosamente, de los ceñidos vaqueros que todavía vestía para segundos después deshacerme de la prieta camisa manchada de vomito que tanto me comprimía. Tenía muchísimo calor.

Jamás había cogido tal borrachera, por lo que no podía garantizar que el exceso de temperatura que mi cuerpo estaba experimentando se debiese por completo a la bebida, aunque estaba casi segura de ello.

Intenté ponerme en pie tras algunos instantes de vacilación. No estaba segura de poder caminar más de un metro sin acabar desplomada en el suelo.

Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad, apoyé mi temblorosa mano sobre la mesita de noche ubicada junto a la cama y respiré profundamente segundos antes de ponerme en pie. Al principio me temblaron levemente las piernas, por lo que permanecí en aquella inestable pose durante algunos pocos minutos antes de atreverme a dar el primer paso.

Caminé despaciosamente esquivando cada uno de los objetos que abarrotaban el piso, en su gran mayoría libros, papeles y restos de comida.

Un fuerte aroma a pizza caduca se introdujo por mis despejadas fosas nasales. De repente sentí unas repulsivas ganas de vomitar, por lo que me abalancé en una rápida carrera hacia el pequeño cuarto de baño dispuesto junto a la habitación.

Tras expulsar la comida que permanecía mezclada en mi estomago junto con el vodka y el whisky que pocas horas antes había tomado y ensuciar parte del inodoro y del piso, me sentí livianamente mejor. Al menos ahora ya no me quedaba nada más que poder echar.

Permanecí algunos instantes arrodillada en el suelo, aferrando mi adolorida barriga con mis convulsas manos hasta que, finalmente, acabé tumbada sobre el frío piso.

-Así está mejor…-rumié con voz ronca a la vez que cerraba los ojos intentando así apaciguar el ardor que sentía.

Respiré costosamente en seguidas ocasiones temiendo no poder hacerlo más adelante. El corazón palpitaba con fuerza bajo mi seno izquierdo. Jamás lo había sentido con tanta vivacidad. Era como si luchase por seguir bombeando la cálida sangre que recorría mi fogoso organismo.

Fue en aquel momento cuando me juré que nunca más volvería a beber para intentar olvidar mis problemas.

Me mantuve en completo silencio tendida sobre el helado piso. Era agradable sentir cómo se refrescaban mis acaloradas mejillas, cómo se enfriaba mi tórrido cuerpo, cómo se entibiaba mi punzante frente. Por primera vez desde que me había despertado empezaba a creer que aquella tortura podía llegar a tener un final.

Estaba empezando a adormecerme cuando los insistentes pitidos surgidos del teléfono me sacaron de mi fugaz ensimismamiento. No tenía intención alguna de cogerlo. De hecho, de haberlo deseado, tampoco hubiese podido hacerlo.

Esperé con impaciencia a que saltase el contestador para que aquellos dolorosos martillazos que mi cabeza estaba experimentando se desvaneciesen junto con los molestos y agudos pitidos.

-Bianca, sé que estás ahí-aseguró una conocida voz proveniente del contestador automático-Coge el teléfono por favor.

Gruñí por lo bajo todavía con los ojos cerrados. No tenía intención alguna de mover ni un solo músculo de mi agarrotado cuerpo. La verdad es que me hallaba de maravilla tumbada sobre el gélido piso. Se trataba de una sensación muy reconfortante.

-Bueno, como quieras-se resignó tras proferir un sonoro bufido-Sé que no estás pasando por tu mejor momento…

-Y que lo digas-mustié por lo bajo.

-¿De verdad crees que ésta es la mejor solución? Llevas días sin aparecer por la universidad y Marvin ha amenazado con despedirte si no apareces mañana-informó con cierto tono de reproche en su voz-No puedes perder el trabajo-recordó para, seguidamente, permanecer durante largos segundos en silencio absoluto-Parker y yo te echamos de menos. Esperamos que mañana aparezcas, te estaremos esperando. Un beso.

Suspiré agotada. Sabía que no podía permitirme el lujo de perder mi empleo, verdaderamente ni siquiera podía consentirme faltar a una sola clase. Debería acudir sin falta tanto al trabajo cómo a cada una de las asignaturas de las que debía examinarme en tan sólo un mes.

Extenuada, escondí el rostro entre mis cálidas rodillas. Permanecí en aquella misma postura hasta que, pasados algunos segundos, minutos o quizá horas, poco importa, logré quedarme profundamente dormida.

Muerta de frío, palpé el aire en busca del edredón. Me encontraba tan desconcertada que hasta pasados algunos segundos no reparé en el hecho de que me hallaba tendida sobre el frío suelo de mi cuarto de baño. Me dolían terriblemente las costillas y los muslos.

Todavía amodorrada, me senté sobre el gélido pavimento mientras me frotaba frenéticamente la frente. La buena noticia era que ya no me dolían ni la barriga ni la cabeza, la mala que mi convulso cuerpo se encontraba dolorosamente agarrotado y que estaba congelada.

Analicé cuidadosamente la sucia sala para, pocos minutos después, examinarme a mí. Jamás me había asqueado tanto cómo en aquel entonces.

Mi largo pelo castaño se hallaba repleto de pequeños pedazos de comida que estaba segura de haber despedido por mi boca horas antes, al igual que el resto de mi semidesnudo cuerpo.

Avisté con languidez tras la fina capa de vomito que recubría gran parte de mi mugriento cuerpo pequeñas manchas amoratadas que adornaban fragmentos de mi blanquecina piel. Suspiré con amargura pasando la yema de mi dedo índice por cada uno de los moratones dispuestos en mi muslo izquierdo.

El simple hecho de rememorar los sucesos acaecidos la pasada tarde me atemorizaba. Me mortificaba pensar que no era digna de mirarme en el espejo, que no era merecedora del respeto de nadie, que era débil y sumisa, que no era más que una cobarde.

Al fin y al cabo eso era lo que era, una simple cobarde incapaz de hacerle frente a un hombre cuyo único fin en la vida era destrozar mi existencia.

Me mordí con fuerza el labio al recordar cada una de las horribles experiencias de las cuales había sido protagonista. Sabía que debía ponerle fin a aquello, pero me era verdaderamente imposible.

De mi sumisión dependía el bienestar y la felicidad de mi inocente, impetuosa y risueña madre. Era consciente de ello.

Exhausta, me alcé cautelosamente del suelo con la única idea en mente de darme una larga y reconfortante ducha.

Tras lavar con esmero cada rincón de mi pestilente cuerpo, salí de la menuda y envejecida bañera para, acto seguido, cubrir mi empapado cuerpo con una de las toallas que permanecían colgadas del porta toallas dispuesto junto al lavamanos.

Me situé ante el empañado espejo hallado sobre el lavabo y recorrí mi trémula mano por el opaco cristal.

Abatida, contemplé el descompuesto rostro que mi reflejo mostraba. Apenas era capaz de reconocerme a mí misma.

Aquella muchacha de mirada perdida, ojeras moradas, tez pálida y rostro serio que me devolvía la mirada no era yo. Jamás me había contemplado de aquella manera tan fantasmal.

Mis desnudos brazos presentaban visibles cardenales causados mediante chupetones y algún que otro azote, mientras que en mis muslos reposaban ennegrecidos hematomas formados mediante golpes.

De nuevo, el sonoro pitido proveniente del teléfono logró sacarme del trance en el que me hallaba sumergida. Como la vez anterior, no hice el más mínimo caso a aquella molesta llamada. No me importaba quién fuese, tan sólo deseaba tumbarme sobre mi mullida cama y dormir hasta el día siguiente. Deseaba olvidar al resto del mundo aunque sólo fuese por unas pocas horas.

-Cariño, ¿Cómo estás?-preguntó una familiar voz femenina proveniente del contestador automático-Espero que bien. He pensado que como hace tiempo que no nos vemos, podrías venir esta noche a cenar. Voy a hacer tu plato preferido…Espero que sea comestible-añadió en voz baja.

Sonreí tenuemente al escuchar tal comentario. Mi madre jamás había sido una buena cocinera, aunque no le faltaban ganas. Todavía recordaba el chamuscado pavo asado que había preparado la navidad pasada, el salmón que había incendiado en fin de año y la rancia mayonesa que había elaborado la última vez que había acudido a comer a su casa.

-John y yo tenemos muchísimas ganas de verte.

-No lo dudo-rumié con irritación al escuchar el nombre de aquel odioso individuo.

-Te quiero-dijo finalmente antes de que su voz se desvaneciese para dar paso de nuevo al penetrante silencio.

Inspiré profundamente al ser consciente de que debería volver a ver una vez más a aquel detestable sujeto del que mi madre estaba locamente enamorada, y no le culpaba por ello.

John Lemacks era un apuesto hombre de negocios muy codiciado entre las mujeres. Conoció a mi madre cuando ésta se presentó en su oficina buscando trabajo y, según ella, el amor entre ellos surgió al instante. Pocos meses después, en un impulsivo acto romántico, se casaron.

Lo más fascinante del asunto era que mientras que mi madre ya contaba con los cuarenta y dos años, él hacía apenas dos meses había cumplido los veintinueve.

En un principio creí que él la amaba de verdad, aunque poco después de la inesperada boda descubrí que la causa por la que se había casado con mi madre había sido para poder tenerme a su merced siempre que lo desease. Y lo había conseguido.

Todavía recordaba la primera vez que había mostrado algún tipo de interés por mí. Fue como si la boda hubiese despertado a la bestia que yacía dormida en su interior.

Durante su corto noviazgo con mi madre ni siquiera había avistado en él algún diminuto resquicio de pasión por mí. De hecho, desde el primer momento en el que le conocí creí caerle indiferente.

Fue el mismo día del enlace cuando se mostró tal y como era. Aquella noche resucitó.

Y desde entonces aparecía en mi casa sin mostrar ningún tipo de explicación siempre que le venía en gana, lo que era muy habitual.

Estaba indefensa y aterrada. Sabía que negarme a cumplir sus exigencias implicaba un mal trato de él hacia mi madre. Vivía acobardada pensando en todo momento lo que podría llegar a hacerle si yo me resistiese más de lo acostumbrado a sus caprichos.

Contemplé la hora en el despertador digital que descansaba sobre la mesita de noche dispuesta en mi cuarto. Me asombré al observar que ya eran las seis y cuarto de la tarde. Había dormido más de lo esperado.

Sin demasiado ahínco, cogí lo primero que encontré en el interior de mi desordenado armario, aunque volví a arrojarlo inmediatamente tras observar que se trataba de uno de los múltiples vestidos que John había osado regalarme.

Finalmente, me vestí con unos jeans apretados y una camisa blanca de manga larga pues, aunque inusualmente aquella mañana de principios de Mayo era calurosa, no podía siquiera idear la opción de ir con los brazos descubiertos.

¿Cómo podría explicarle a mi madre la formación de cada uno de los amoratados cardenales que decoraban mi pálida piel?

Bueno, quizá un tropiezo por las escaleras, una mala caída o una tarde jugando al Paintball podría explicar el origen de éstos, aunque no tenía intención alguna de mentirle. Lo mejor sería ocultarlos como había hecho siempre.

Llegué a las siete y treinta y tres minutos de la tarde a Ebrury Street. Allí, en Belgravia, uno de los mejores distritos de Londres, era donde John había insistido en comprar el soberbio adosado de dos plantas que a mí tan poco me agradaba.

La abundancia de lujo me abrumaba, me asfixiaba. No soportaba estar rodeada de caros artilugios inservibles, de costosos cuadros. Me parecía inútil gastar tal cantidad de libras en aquella sobrecargada decoración.

Suspiré con nerviosismo cuando me situé frente a la elegante puerta barnizada que daba acceso a aquella lujosa vivienda que mi madre compartía con el monstruo que tan pocas ganas tenía de ver.

Llamé en un par de ocasiones al sonoro timbre situado junto a la puerta, justo bajo la menuda baldosa azul marino en la que permanecía inscrito el numero 21.

Apenas pasaron unos pocos minutos antes de que una hermosa mujer de cabello rubio teñido y ojos avellana me abriese la puerta. Ésta esbozó una gran sonrisa en su terso rostro carente de arrugas cuando sus retinas se fijaron en mi inescrutable faz.

-¡Cielo!-gritó alegremente aprisionándome entre sus delgados brazos-Estas guapísima-dijo cuando se apartó de mí para poder analizarme-Pareces cansada.

-Lo estoy-aseguré a la vez que esbozaba una tenue sonrisa-Ya sabes. El trabajo, la universidad…-intenté argumentar.

-Deberías dejar ya ese desagradable trabajo.

-Mamá…-me quejé a la vez que volteaba los ojos con incredulidad.

-Sabes que John y yo podemos darte todo lo que necesites-aseguró con preocupación inspeccionando mi pálido rostro.

-Lo sé, pero no lo necesito-declaré queriendo dejar el tema por zanjado.

-Siempre queriendo ser tan independiente-comentó John apareciendo tras mi embelesada madre, la cual le miró de reojo y sonrió como una verdadera tonta.

Me mordí el labio inferior con fuerza al contemplar el brillo de deseo que los ojos del susodicho mostraban al analizarme. Le aborrecía con toda mi alma.

-¿Has sido capaz de hacer tú sola el Roast Beef?-pregunté intentando desviar el tema de conversación.

-Bueno…-rumió avergonzada sin atreverse a mirarme a los ojos-La verdad es que no me he atrevido a destrozar tal delicatessen.

Sonreí a la vez que negaba con la cabeza.

-Sabía que no serías capaz-murmuré burlescamente.

-Ya sabes que soy negada para esto-intentó justificarse.

-No importa-aseguré-Ya lo haré yo…Para variar-añadí en voz baja sin borrar en momento alguno la sutil sonrisa que permanecía fija en mi tez.

-Muchas gracias-agradeció besándome cariñosamente la mejilla.

-Yo los hubiese hecho, pero la cabezota de tu madre no me ha dejado acercarme a la cocina-manifestó John.

-Sabes que eres tan pésimo como yo cocinando-dijo mi madre contemplando a su marido con una radiante sonrisa pintada en su rostro.

John correspondió la amorosa mueca de su mujer con una creíble sonrisa. Si no hubiese sido porque le conocía a la perfección, hubiese creído posible que la radiante mueca que había efectuado irradiaba verdadero amor por aquella pobre ingenua que le contemplaba totalmente cautivada.

Sabía que el amor era ciego, pero no tanto.

Era cierto que John era arrebatadoramente atractivo. Su brillante pelo negro permanecía siempre seductoramente deshecho y sus cautivadores ojos azules poseían el poder de embelesar a las más ingenuas de las mujeres que se cruzaban por su camino. No era de extrañar que mi incauta madre hubiese caído tan fácilmente en sus redes.

Pero, aun así, no comprendía como era posible que alguien que permanecía con el mismo hombre casi todo el día no fuese capaz de percibir el cambio que sus ojos, su rostro, o simplemente su pose, efectuaban cada vez que yo aparecía ante él.

-¿Seguro que no te importa?-inquirió John examinándome detenidamente.

-En absoluto-respondí con rudeza-Hago lo que sea por mi madre-añadí con un doble sentido que mi madre no llegó a captar.

-Estoy seguro de ello-susurró fijando sus brillantes retinas en mis ojos marrones.

-Por eso te quiero tanto-dijo mi madre segundos antes de volver a besar mi serio rostro.

-Bueno, ¿Pasamos a la cocina?-propuso John ganándose una sonrisa por parte de mi madre y una mirada de odio por mi parte.

Tanto mi madre cómo John tomaron asiento en las sillas dispuestas junto a la redonda mesa central que se hallaba en la cocina mientras yo empezaba a calentar la sartén con parrilla en la vitrocerámica.

-¿Qué tal te van las clases?-quiso saber mi madre.

-Bien-respondí secamente sin querer hablar del asunto.

-¿Y qué tal están Danielle y Parker?-inquirió nuevamente logrando incomodarme.

No me apetecía hablar sobre mi vida delante de John. Me molestaba que estuviese tan atento a mis contestaciones, como si temiese que en algún momento pudiese dejar escapar algún comentario inapropiado.

-Estupendamente-dije volteándome para quedar de espaldas a ella.

Era más fácil mentir si no tenía que observar su rostro ni el de su acompañante.

-¿Y los chicos?-inquirió fisgonamente en el instante en el que colocaba sobre la parrilla tres gruesos trozos de carne-¿Ya hay alguno que te hace tilín?

-Sabes que no me interesan-respondí monótonamente.

-Es imposible que a los veintiún años no te interesen los hombres-alegó con suspicacia-Vamos, dime quién es.

-Ya te he dicho que no me interesan-contesté reiteradamente con cierto tono de enfado en mi voz que no pasó desapercibido por mi madre.

-¿Qué ocurre?-preguntó con preocupación-¿No le gustas?

Bufé con cansancio sin atreverme a mirar a John. Sabía que debía estar contemplándome con una radiante sonrisa pintada en su seductor rostro. Le encantaba saber que era el único que me había tocado. Era realmente asqueroso.

-Sí que le gusto-respondí dándole la vuelta a la carne.

-¿Y cual es el problema?

-Que no me interesa-respondí con rapidez fijando por unos breves instantes mi vista en John, el cual borró rápidamente la engrandecida sonrisa que hasta entonces había permanecido fija en su faz-Tiene novia-comenté examinando el serio rostro del hombre que se atinaba ante mí.

-¿Y eso que importa?-preguntó mi madre como si aquel no fuese un claro inconveniente.

-Si, ¿Qué importa?-repitió John contemplándome escrupulosamente.

-Ya está hecha-comenté desviando el tema por completo en el preciso instante en el que colocaba los tres trozos de carne sobre el plato que había agarrado del interior de uno de los estantes.

-Huele de maravilla-dijo John siguiéndome la corriente.

Nos contemplamos durante unos breves segundos en silencio. Sabía que le habían molestado mis palabras, pero poco me importaba. Al fin y al cabo iba a recibir el mismo castigo tanto si hablaba como si no.

-Voy un segundo al baño-informó mi madre instantes antes de ponerse en pie y marcharse de la cocina ante mi implorante mirada.

Permanecimos en silencio hasta que se escuchó el cerrojo de la puerta del cuarto de baño.

-Al fin solos…-murmuró poniéndose en pie ante mi amenazadora mirada-Me encanta cuando me miras así.

-Está mi madre-dije contemplando de reojo la entreabierta puerta.

-Tardará varios minutos-aseguró acercándose lentamente a mí como el cazador se aproxima a su presa.

-Aléjate-rogué en un débil susurro-Como des un paso más gritaré-amenacé.

-Dudo que lo hagas. Sabes lo que ocurrirá si haces la mínima intención de llamarla-dijo avanzando todavía hacia mí.

Respiré con dificultad esperando que se situase frente a mí, cosa que no tardó en hacer. Mi corazón palpitaba con violencia por el miedo sentido. Era frustrante contemplar como, a pesar de la infinitud de veces que había pasado por aquella misma situación, era incapaz de acostumbrarme a ella.

Lentamente, John alargó su brazo hasta posar sobre mi blanquecino rostro las cálidas yemas de su mano derecha. Temblé al sentir aquella sutil caricia a la vez que volteaba ligeramente el rostro para evitar contemplarle. Siempre lo hacía. No creía ser capaz de observarle durante más de medio minuto sin llorar.

En aquella ocasión no permitió que desviase la mirada. Aferró con fuerza mi barbilla y me obligó a contemplarle. Jamás había sentido tantísimo miedo como entonces. Mirarle a la cara mientras me obligaba a permanecer sumisa entre sus brazos era humillante. Me sentía intimidada y degradada ante él.

-Así que no te intereso-masculló con rabia sin dejar de contemplar mis acuosos ojos.

-Siempre lo has sabido-dije haciendo uso de la poca valentía que para entonces todavía conservaba.

Apretó con fuerza mi mentón al escuchar el osado comentario que le había dedicado.

-Deberías aprender a ser más sumisa-susurró junto a mi oído izquierdo instantes antes de empujarme violentamente contra la nevera dispuesta a mi espalda, aunque no se apartó ni un simple milímetro de mi adolorido cuerpo.

Gemí apagadamente de dolor, cosa que pareció agradar al depravado hombre situado ante mí.

-¿Y qué tipo de hombres te interesan?-preguntó rozando al hablar sus labios contra los míos.

-Cualquiera que no esté loco-farfullé entre dientes fijando mi vista en sus enardecidos ojos.

-¿Loco?-inquirió, para mi asombro, sonriente.

Sus fuertes manos aprisionaron cada uno de mis brazos provocando que un nuevo gemido expirase por mi entreabierta boca.

-Tienes razón. Estoy loco, loco de amor por ti-susurró seductoramente junto a mi oído.

Le miré con odio infinito instantes antes de cerrar los ojos para impedir que las lagrimas que se aglutinaban en ellos pudiesen escapar. Aunque, incluso así, dos gruesas lagrimas lograron atravesar mis cerrados párpados.

Sentí el rugoso tacto de su lengua rozar mi cálida mejilla. Respiré con ansiedad instantes antes de volver a hablar.

-Si realmente me amases no me harías esto-manifesté en un endeble balbuceo.

-Te equivocas-me contradijo a la vez que limpiaba con el pulgar de su mano izquierda la escurridiza lágrima dispuesta en mis prietos labios-Todo lo que hago, todo lo que he hecho, todo lo que haré, es, ha sido, y será por ti-aseguró acariciando con el dedo índice mi palpitante cuello-No sabes lo doloroso que es amar a alguien que no te corresponde.

-Debo irme-murmuré intentando zafarme de sus aferradoras manos.

-¿No te quedas a cenar?-pregunto en un sutil susurro a la vez que liberaba uno de mis adoloridos brazos.

-Se me ha quitado el apetito-mascullé con voz quebrada intentando alejarme de él una vez más, cosa que no logré.

-Tú no te vas a ninguna parte-aseguró en el preciso instante en el que empezaba a desabotonar los primeros botones de mi camisa.

-Déjame, por favor-rogué intentando escapar.

Me acalló apresando mis gruesos labios entre los suyos a la vez que seguía con la costosa labor de desabrochar cada uno de los botones de la prieta camisa que vestía.

-No sabes cuanto te deseo-reveló al separarse levemente de mis rojizos labios.

No fui capaz de reprimir el llanto, por lo que tuve que morderme el labio para evitar proferir los sonoros sollozos que luchaban por escapar de mi boca.

En aquel instante se escuchó de nuevo el cerrojo proveniente del cuarto de baño en el que se hallaba mi madre.

John se alejó lentamente de mí sin dejar de contemplarme con una fogosidad claramente indecorosa. No creía haberle odiado jamás tanto como en aquella ocasión.

Todavía vistosamente agitada, me limpié con la manga de la camisa las escurridizas lágrimas que recorrían mi alterado rostro y me abroché los pocos botones que mi acompañante había logrado desabotonar.

-Ya estoy de vuelta-informó al penetrar en la estancia.

Aparté la mirada de ella sabiendo que sería incapaz de guardar la compostura y fingir que nada había pasado.

-Debo irme-mascullé con voz ruda en el preciso instante en el que mi madre se asentaba en una de las sillas dispuestas ante mí.

-¿Ya?-inquirió con incredulidad-Pero si hacía semanas que no nos veíamos-se quejó cuando me acerqué para darle un rápido beso en la mejilla.

-Tengo cosas que hacer-expliqué escasamente segundos antes de alejarme de la penetrante mirada de John.

Salí tan rápido como me fue posible de allí y me adentré en la oscuridad de la noche recorriendo a paso rápido las solitarias calles de Londres.

Todavía temblaba de miedo y mis retinas permanecían molestamente borrosas a causa de la gruesa capa de lágrimas dispuesta sobre ellas.

Respiré ansiosamente en el instante en el que me asenté sobre el metálico banco situado en la parada del bus. Hubiese podido ir caminando hasta casa, pero no me apetecía recorrer las despobladas calles a esa hora de la noche.

Intenté calmarme, aunque a penas lo logré. Me sentía tan sumamente frustrada que no era capaz de pensar coherentemente, de dejar apartados aquellos fuertes sentimientos que luchaban por lograr aflorar de mi interior.

Pasé frenéticamente en una docena de ocasiones mi convulsa mano por mi enredado cabello castaño a la vez que me mordía fuertemente el labio inferior creyendo así poder aminorar el odio que para entonces sentía.

-Ya pasó, ya pasó, ya pasó- repetí reiteradamente con el fin de reconfortarme a mí misma.

Aspiré profundamente el aire que me rodeaba y cerré los ojos para intentar tranquilizarme.

Fue en aquel instante de inestable serenidad cuando escuché unos sonoros maullidos provenientes de la acera de enfrente.

Abrí pesadamente los párpados avistando tras ellos la delgada figura de un precioso minino negro que me devolvió la mirada. Fruncí el ceño al observar la extraña manera en la que me analizaba con sus brillantes ojos verde esmeralda.

Se asentó en el frío pavimento sin dejar de escrutarme en momento alguno. Inmediatamente, me sentí extrañamente cautivada por él.

La llegada del autobús puso fin a aquella conexión visual que durante largos segundos habíamos mantenido.

Bastante confusa, me puse en pie y penetré en el vehículo que esperaba impacientemente mi ingreso.

-Estoy cansada-me dije intentando justificar la extraña sensación que había presenciado al contemplar el hermoso animal.

Suspiré a la vez que me asentaba en uno de los múltiples asientos libres dispuestos en el bus. Sin saber exactamente la causa, dirigí la vista hacia el exterior esperando hallar sobre el duro asfalto a aquel elegante felino que, para mi sorpresa, seguía observándome con fijeza.

Me obligué a apartar la mirada de la roñosa ventana mientras negaba con la cabeza.

Sabía que no eran más que paranoias sin sentido pero, al contemplarle, me había parecido hallar en sus brillantes ojos reconocimiento. Era como si de repente el felino hubiese encontrado lo que buscaba.

Esbocé una tenue sonrisa al apreciar mi momentánea locura. Esperaba que el sueño fuese capaz de hacer desaparecer aquellas absurdas ideas de mi turbada cabeza.

Tras un corto viaje, bajé del envejecido autobús en la parada Oxford Circus, cerca del pequeño adosado en el que residía desde hacía poco más de un año.

Mi madre había insistido en que el antiguo barrio en el que vivía no era seguro para una joven como yo con lo cual, tan solo para evitar seguir escuchando sus insistentes sermones, accedí a mudarme.

Caminé lentamente por la iluminada calle Regent hasta situarme en la entrada de la calle Maddox. Allí, justo en el cruce de ambas calles, atiné al hermoso gato que poco antes había visto en la parada Hyde Park Corner.

Permanecía sentado en medio de la calle, como si estuviese esperándome.

Era totalmente imposible que hubiese podido recorrer casi 2 Km en menos de diez minutos.

-No tiene porque ser el mismo gato-intenté autoconvencerme sin persuadirme lo más mínimo.

Recordaba a la perfección aquellos resplandecientes ojos que ahora volvían a estudiarme.

Examiné instintivamente mi alrededor esperando encontrar algún transeúnte pero, para mi gran horror, la calle estaba completamente desierta a pesar de tratarse de una de las zonas más transitadas de Londres.

Pestañeé en reiteradas ocasiones esperando que se tratase de una simple alucinación causada por el cansancio. Aunque, a pesar de mis constantes parpadeos, el minino no desapareció.

Despaciosamente ante mi atenta mirada, el gato emprendió una vacilante caminata hacia mí. Permanecí paralizada en todo momento sin saber qué hacer.

Tan solo se trataba de un felino pero, por alguna ilógica razón que no era capaz de argumentar, sentí una pizca de miedo cuando se situó a tan solo dos metros de mi estático cuerpo.

Sus ojos brillaron insólitamente ante mi curiosa mirada. De repente, todo temor se desvaneció en la nada.

Me sentí relajada ante él, extrañamente protegida.

-Esto es una locura-murmuré desviando por un breve lapso de tiempo mis retinas del enigmático animal.

Me mordí el labio con nerviosismo sin saber como actuar. Y, por extraño que pareciese, el gato pareció mostrar el mismo desconcierto que yo ante tal absurda situación.

Haciendo uso de la poca racionalidad de la que para entonces disponía, volteé en un acelerado movimiento y emprendí una rápida carrera transitando el mismo trayecto que poco antes había recorrido.

Ni siquiera llegué a atravesar la calle cuando me vi obligada a detenerme. Contemplé ante mí, ahora nuevamente con temor, al conocido minino, el cual me analizó cautelosamente.

-Déjame en paz-ordené atemorizada volviendo girar sobre mis talones para, seguidamente, emprender una nueva carrera en dirección a mi vivienda.

Corrí tanto como me fue posible por la húmeda calle aunque una vez más, ante mi gran asombro, el felino me alcanzó.

Desesperada y aterrada, aspiré aceleradamente el cargado aire que me rodeaba hinchando y desinflando mis pulmones en reiteradas ocasiones antes de volver a voltearme.

En aquella ocasión ni siquiera tuve tiempo de avanzar ni un solo paso cuando se presentó ante mi agitado rostro la figura de un joven muchacho.

Sus grandes ojos verdes me contemplaron durante unos pocos segundos con manifiesta curiosidad antes de que perdiese el poco equilibrio que poseía y me abalanzase hacia el duro suelo.

Respiré convulsamente al apreciar sobre mi cintura la presión que ejercía el fuerte brazo de mi acompañante, el cual había impedido que acabase estampada contra el piso.

Su extravagante rostro, más bello que cualquier otro que hubiese podido contemplar con anterioridad, se hallaba excesivamente próximo al mío; mientras que la parte superior de mi estático cuerpo permanecía levitando a pocos centímetros del pavimento gracias a la rápida intervención del desconocido sujeto.

-¿Estás bien?-inquirió en un tono preocupado que me sorprendió.

Inhalé aire instantes antes de alejarme cual histérica de él.

Ni siquiera me detuve a pensar que en el estado de shock en el que me encontraba no era una buena idea abandonar el único apoyo que poseía, con lo cual acabé cayendo ridículamente sobre el firme suelo.

Gemí de dolor cuando mis posaderas chocaron contra el duro asfalto, cosa que pareció divertir al muchacho.

-¿Sueles caerte?-preguntó esbozando una hipnotizante sonrisa en su atractivo rostro.

Fui incapaz de responder a la pregunta, pues mi total atención estaba dispuesta en su delicada, pero a la vez salvaje e increíblemente fascinante faz.

Se acuclilló ante mí sin dejar de analizarme con aquella pizca de indagación que sus hechiceros ojos mostraban.

Todavía algo alterada, examiné mi alrededor esperando hallar al menudo felino que tanto me había intimidado aunque, para mi gran sorpresa, no encontré rastro alguno del animal.

Avergonzada por mi paranoico comportamiento, bufé a la vez que me acariciaba mi palpitante sien.

-¿Te encuentras bien?-preguntó una vez más el joven dispuesto ante mí.

Asentí sin demasiado brío instantes antes de agarrar la mano que él me brindaba como apoyo para lograr alzarme del humedecido piso.

Asombrada por la suavidad de sus blanquecinas manos, deposité mi maravillada mirada en sus centelleantes retinas, las cuales me examinaban con precisión al igual que lo habían hecho poco antes las del enigmático felino que me había seguido.

Fue en aquel instante cuando, finalmente, perdí toda cordura.

Me alejé lentamente del inquietante sujeto sin perder ni por una milésima de segundo la panorámica de su rígido cuerpo.

-No te acerques a mí-farfullé con temor instantes antes de emprender reiteradamente una rápida carrera hacia mi casa.

Como veces anteriores, a penas pude recorrer unos pocos metros antes de ser obstaculizada por el desconocido joven, el cual me miró con imploración.

-No te vayas-rogó logrando perturbarme más si era posible.

Su melodiosa voz penetró en mis destapados tímpanos. Jamás había escuchado tal asombroso sonido salir de los labios de un hombre.

Parpadeé una docena de veces antes de ser capaz de asimilar sus efímeras palabras.

-Por favor no me hagas daño-pedí bastante asustada volviendo a alejarme lentamente de él, el cual avanzó los pequeños tramos que yo retrocedía.

Examinó cautelosamente la desierta calle antes de volver a posar sus refulgentes ojos en mi atemorizado rostro.

Entreabrí los labios con la intención de proferir cualquier sonido, el que fuese, aunque me fue totalmente imposible hacerlo. Permanecía muda ante aquel misterioso individuo.

En un abrir y cerrar de ojos se situó ante mí, a simples centímetros de mi paralizado rostro.

Inhalé nerviosamente el cargado aire que me rodeaba sin ser capaz de mover ni un simple músculo de mi engarrotado cuerpo instantes antes de que su extremadamente suave mano se aposentase sobre mi pálido rostro.

-Eres tú-susurró incomprensiblemente elaborando una despampanante sonrisa en su bello rostro.

Aquel simple gesto logró cautivarme de tal manera que todo temor sentido volvió a desvanecerse en el aire. No sabía como lograba hacerlo, pero era capaz de infundirme tanto miedo como tranquilidad.

-¿Quién eres?

Agrandó su hermosa sonrisa a la vez que acariciaba mi enredado pelo, pero no respondió a mi pregunta.

-No me sueltes-pidió en el instante en el que sus sedosos dedos aferraban delicadamente mi mano.

De repente, sentí como si fuese despedida violentamente por una fuerza incorpórea cuyo único fin era separarme de mi acompañante, del cual me mantenía fuertemente agarrada.

Todo se volvió borroso ante mis turbados ojos.

La tenebrosa calle desapareció de mi vista con una rapidez asombrosa siendo sustituida por una masa nebulosa, la cual poco a poco fue cobrando forma material.

 

¿QUIERES SEGUIR LEYENDO?-->   http://elrefugiodelosmalditos.blogspot.com/2009/04/capitulo-2-predestinacion_4439.html

 

Hola! Me gustó mucho! Seguí leyéndote en el blogger y me encantaron los capítulos. Felicitaciones!

Me gusta este primer capítulo, y seguiría leyendo... pero no sé por qué no funciona el enlace... lo intentaré por otro lado!!  De todas formas... felicidades... a mi, ya me tiene intrigada!!

 

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS
Cerrar